Había una vez una niña que vivía en un bosque con sus padres. Un día descubrió que ambos habían muerto y que tenía que cuidarse a sí misma.
Sus padres habían dejado un Mihrab, un extraño ornamento parecido a un marco de ventana, el cual tenían colgado en una pared de su cabaña.
“Puesto que ahora estoy sola”, dijo Fátima, “y habré de sobrevivir en este bosque donde los únicos seres vivos son animales, sería mejor si pudiese hablar con ellos y entender su lenguaje”. De manera que se pasaba una buena parte del día dirigiéndole esta petición al marco que estaba en la pared: “Mihrab, otórgame el poder de comprender y hablar el lenguaje de los animales”.
Después de mucho tiempo, tuvo súbitamente la impresión de que podría comunicarse con los pájaros, los demás animales y aun los peces. Y fue al bosque a probar.
Pronto llegó a un estanque. En el estanque había una mosca que brincaba sobre la superficie del agua y nunca entraba en ella. Nadando vio varios peces y en el fondo del estanque, varios caracoles. Fátima para entablar conversación dijo: “Mosca, ¿por qué no te sumerges en el agua?” “¿Por qué habría de hacerlo, suponiendo que fuera posible y no lo es?”, preguntó a su vez la mosca. “Porque estarías a salvo de los pájaros, que descienden y te comen”. “Aún no me han comido, ¿verdad?”, dijo la mosca. Y ahí terminó la conversación.
Entonces Fátima le habló al pez. “Pez”, le dijo a través del agua, “¿por qué no encuentras la manera de salir del agua, poco a poco? He oído decir que algunos peces pueden hacerlo”. “Absolutamente imposible”, dijo el pez, “nadie ha hecho eso y ha sobrevivido. Se nos ha educado para creer que es tanto un pecado como un peligro mortal”. Y se alejó nadando en las sombras sin deseos de seguir escuchando tales tonterías.
De manera que Fátima llamó al caracol: “Caracol, podrías salir del agua y encontrar buenas hierbas para comer. Tengo entendido que los caracoles pueden hacerlo”. “La mejor respuesta a una pregunta, es otra pregunta, cuando es un caracol sabio el que la escucha”, dijo el caracol. “¿Quizá fueses tan gentil de decirme exactamente por qué tienes tanto interés en mi bienestar? La gente debería ocuparse de sí misma”. “Bueno”, dijo Fátima, “supongo que es porque cuando una persona puede ver más que otra le quiere ayudar a alcanzar un nivel superior”. “Eso me parece una idea extraña”, dijo el caracol y se arrastró bajo una roca para no continuar oyendo.
Fátima se olvidó de la mosca, del pez y del caracol y erró por el bosque, buscando algún ser con quien hablar. Sentía que debía ser útil a alguien. Después de todo, tenía mucho más conocimiento que estos habitantes del bosque. Pensó que, por ejemplo, podía prevenir a un pájaro para que almacenara comida para el invierno, o que construyera su nido cerca del calor de una cabaña, para que no muriera innecesariamente. Pero no vio ningún ave. En cambio, llegó a la cabana de un carbonero. Era un anciano y estaba sentado frente a su puerta, preparando el carbón de leña que había de llevar al mercado.
Fátima, encantada de ver a otro ser humano, el único fuera de sus padres a quien había conocido, corrió hacia él y le contó sus experiencias de ese día.
“No te preocupes por eso, niña”, dijo el bondadoso anciano; “hay cosas que un ser humano tiene que aprender, y que son de vital importancia para su futuro”. “¿Cosas que aprender?”, dijo Fátima ” y, dime, ¿para qué querría yo aprender otras cosas? Probablemente sólo cambiarían mi forma de vivir y mi manera de pensar”. Y como la mosca, el pez y el caracol, se apartó del anciano carbonero.
Fátima, hija de Walia, pasó otros treinta años como la mosca, el pez y el caracol, antes de aprender alguna cosa.

















